jueves, 8 de diciembre de 2011 1 comentarios

Los Niños de la basura


Los Niños de la basura
El valor real de los seres humanos solo lo sabremos cuando dejemos de medirnos por el dinero que poseemos.

I
Esa noche habían paches para la cena, en el centro de aquella rústica mesa una flor de color rojo dentro de un bote plástico destilaba un olor de color hermoso, todos sonreían; en el rincón más triste de la casa un árbol de plástico viejo, adornado con esferas que acumulaban años les recordaba –junto con el aire frío proveniente del norte- que diciembre estaba instalado; por la ventana izquierda la luz de la luna llena se filtraba por el agujero de un vidrio roto, su madre coloca el pan francés en  la mesa, su hermano le sonríe al humo de los paches, su madre toma la áspera mano gastada de su esposo, el perro viejo duerme tranquilamente al lado de la leña para cocinar; a lo lejos el trueno intermitente de los cohetes en las calles tristes y solitarias, el olor a pólvora y el aire impregnado de una extraña magia lo reconfortan…
En su frente una gota de lluvia, que se precipitó violentamente desde el techo raído de lámina lo sustrajo de un sueño con papas para la cena y flores con olor de color hermoso; el olor fétido de los sueños que morían a su alrededor se confundía con el de las montañas de basura que circulaban su vivienda; a lo lejos el ruido de las ratas peleando por los desperdicios ahuyentaba el silencio. Trató de terminar su sueño con papas para la cena para sentir el sabor de la comida normal, no lo pudo lograr, el chillido de los roedores no dejaba a su sueño y a él encontrarse.
Había llovido por tres días seguidos, el goteo constante de la lluvia contra los cúmulos de basura era un himno al silencio de las cosas inservibles, las casas alrededor formadas por restos de lonas con agujeros y pedazos de cartón usado, empezaban a absorber la humedad y los cadáveres de tanto sueño muerto.
Él dormía en un colchón viejo que olía a sueños ajenos, sueños pasados, sueños de extraños, sueños que él mismo añadía cada noche, pero sobretodo olía a viejo; miró al techo, suspiró fuertemente y perdió la conciencia entre la peste de basura húmeda, sueños podridos, colchones viejos y ratas peleando por desperdicios.
El sol del amanecer lo encontró sentado en el cúmulo de basura, su vista se pierde en el cielo, inicia su labor recolectando lo que a otros les sobra; los zopilotes vuelan. Todos los niños sin zapatos corren en la calle, la pobreza los acompaña en cada paso; un perro raquítico los observa, las calles huelen a dolor; las piedras y los desperdicios de otros se incrustan en la frágil piel de sus pies, corren de prisa para que en su pobreza no los alcance la sombra de la muerte.
Antonio corre detrás de su hermano, ese día llegan los camiones amarillos que vienen de la zona más rica del país, habrá comida a medio terminar que casi no tiene gusanos o platillos a medio comer, ropa sin usar, y revistas con lugares bellos que por un minuto los aleja de la miseria que les corroe sus jóvenes almas. Tienen que pelear contra las personas mayores, los zopilotes y los perros famélicos, para acaparar algo del preciado tesoro de desperdicios finos; la única diferencia es que hoy llueve, como lo ha hecho los últimos cuatro días, todos parecen haberse acostumbrado a esa nueva forma de humedad clara, a ese silencio que acompaña a toda lluvia constante, a esa nueva forma de ausencia de color.
 Como quien pone su mano en una balsa de salvación, colocan sus manos gastadas por la basura sobre los camiones amarillos, caminan lentamente en una procesión de necesidad diaria, acompañan a los camiones hasta la orilla donde verterá sus preciados desperdicios, al llegar a la orilla el caos y el desorden se confunde que la peste y su necesidad, la ley del más fuerte impera, y ellos -los niños- se escabullen entre los adultos para lograr encontrar algo útil para vender o comer. Es en este sector donde a veces se escuchan retumbos fuertes, las ancianas dicen que es el surgir de un demonio, porque como ellas gritan –si el diablo a  de nacer en un sitio, no hay mejor lugar que esta sucursal pestilente del infierno-, poco saben ellas del gas metano.


II
El tercer hermano de Antonio tiene dos años, su madre lo deja dentro de una caja de cartón vieja para poder ir a recolectar botellas de plástico, cada día lo deposita en una caja que contenía jabón, el niño llora, su cara sucia se lava con sus lágrimas y su dolor de soledad; todos los niños sufren el inevitable destino de dormir de pequeños en las cajas de cartón viejas, pero en los primeros meses acompañan a sus madres a recolectar desperdicios, lo hacen en las espaldas de estas –de sus madres- desde una edad de meses,  inhalan la pobreza que les espera a ellos, una pobreza que los ha acompañado por generaciones enteras, una pobreza que la tendrán tan arraigada en su ser que la harán propia, una pobreza que quizás jamás los abandone.
 Antonio también soñó dentro de una caja de cartón cuando era un bebé, pero cuando tuvo fuerzas para cargar una bolsa inició su labor entre la basura; ahora ya no vive con su madre porque ella convive con un hombre que cada noche llega oliendo a licor y amores baratos, fue un viernes  que tuvo que huir cuando comenzó a golpearlo a él y a su hermano, dejó atrás a su perro viejo y raquítico, unos zapatos con la suela agujereada, el amor de su madre y un colchón viejo con sueños ajenos y los propios muriendo de desuso.
 No tenían a donde ir, así que ahora duermen con su hermano en el basurero, son arropados por dos pedazos de cartón viejo y el miedo a las ratas, prefieren el olor de los desperdicios y el ruido de las ratas, al olor de su padrastro a licor y amores baratos, y al sonido de su mano áspera encontrando la cara de su madre.
Era un lunes cuando Antonio encontró a un gato moribundo dentro de una bolsa plástica llena de gatos recién nacidos muertos; Antonio lo curó y lo cuidó como a un hermano, le puso el nombre de “Mishito”, su nombre le recordaba a la planta que de vez en cuando se encontraba a la orilla del barranco y con un soplido enviaba sus esporas al viento, ahora el gato casa ratas todas las noches, los chillidos ya no asustan a los hermanos que consuelan sus sueños entre la basura y la custodia de Mishito.
Antonio y su hermano utilizan una barreta para escarbar dentro de tanta basura, de primero no aguantaban la herramienta, ahora es una extensión más de su cuerpo, su frío áspero les ayuda a remover lo realmente inservible de la basura, de lo que puede ayudarles ese día a engañar el hambre. Buscaban basura “buena”, esa que venden a las personas que llegan cada tarde a pesarla y llevársela para volver a utilizarla,  ganaban lo suficiente cada día como para espantar el sentimiento del hambre, porque acá lo esencial para cada ser -adulto, niño o animal-  es la supervivencia; pero lo que realmente les emocionaba a los niños el alma eran los juguetes, esos trozos de plástico, tela o felpa que pertenecieron a alguien más y que por faltarle una pieza, estar roto o sin un ojo, habían sido botados, en ellos - los juguetes- quedaron impregnados recuerdos, sonrisas, sueños, pesadillas y tantos sentimientos propios de la niñez, ahora todos los sentimientos yacían muriendo -dentro de los juguetes- enterrados con toneladas de desperdicios; y sin quererlo cada juguete viejo impregnaba de una felicidad tan sincera la cara de aquellos niños de la basura, que su objetivo de hacer feliz a alguien por fin se cumplía.




III
Cada tarde los niños y adultos juegan futbol entre la basura, entre risas sinceras, sudor, pestilencia y cansancio, gritan, vociferan y corren detrás de sus sueños en forma de balón gastado, cada uno de esos jugadores es por media hora realmente  feliz, ahí -en ese momento- se olvidan de los residuos de  realidad que los rodea; pero hoy no jugaron. Luego de tres días de lluvia, el suelo está inusualmente resbaloso y pegajoso, hoy no se olvidaron de su realidad.
En la tarde del cuarto día de lluvia, un perro cojo camina lentamente por las calles tristes alrededor del basurero, un niño con la cara sucia lo observa venir, el agua corre lentamente por las calles impregnadas de soledad, esa soledad de color gris que deja la lluvia continua; el perro pasa al lado del niño, -¡chucho!- dice el pequeño, el perro lo observa melancólicamente y sigue su camino hacía ningún sitio; él -el niño- sigue viendo el agua que corre constantemente,  subió a un barco de papel periódico su niñez, se acercó a la orilla de la calle triste y lo dejó irse hacía la nada.

IV
Un retumbo desde el centro de la tierra hizo estremecer los miedos de todos los habitantes del basurero, las ratas huyeron y los zopilotes volaron hacía el árbol viejo a la orilla del barranco; eran las nueve de la mañana del quinto día de lluvia cuando una montaña de basura se precipitó sobre los sueños de veinte trabajadores que buscaban en el sector sur de aquel lugar latas vacías para vender; y cuando la mujer vio venir la basura corrió con todas sus fuerzas, huía de su destino, ese destino pestilente de la muerte cayó sobre su alma y encima de sus sueños cayeron toneladas de desperdicios humedecidos por cinco días seguidos de lluvia.
Un retumbo desde el centro de la tierra hizo estremecer los miedos de todos los habitantes del basurero, las ratas huyeron y los zopilotes volaron hacía el árbol viejo de la orilla del barranco; y el hermano de Antonio había encontrado un viejo reloj bañado en oro, lo observó, luego de limpiarlo vio que se quedó detenido a las tres de la mañana, metió el reloj en su bolsillo izquierdo; varias ratas pasaron corriendo a su lado, los zopilotes pasaron volando encima de su cabeza, luego sintió un peso enorme sobre su espalda, el peso de la muerte, el peso de la basura, el peso de la pobreza, el peso de la necesidad, el peso de la soledad eterna.
Un retumbo desde el centro de la tierra hizo estremecer los miedos de todos los habitantes del basurero, las ratas huyeron y los zopilotes volaron hacía el árbol viejo de la orilla del barranco; y el anciano con una gorra tan desgastada como su cuerpo aplastaba las latas vacías de refrescos, jugos y licores; sus zapatos lucen viejos, con agujeros en la suela, han absorbido los jugos de la basura y la lluvia continua de cinco días no consigue limpiarlos, son muchos años aguantando suciedad y el peso de alguien a quien la muerte no le interesa; el anciano siente que algo ocurre cuando todo el suelo bajo sus pies –con sus zapatos viejos y con agujeros en la suela- empieza a desaparecer, dibuja en su pecho una cruz, abre sus brazos como aceptando su destino, de repente todo el peso de la vida en forma de desperdicios cayó sobre su ser.

V
Una especie de temblor alertó el alma de todos, cada quien corrió hacia el lugar del deslave, algunos llevaban el corazón en la mano y otros palas para mover toneladas de basura; se oyen lamentos, oraciones, llantos, gritos, pero sobretodo se oye el dolor de varias personas que sin estar unidas por un vínculo sanguíneo acaban –por las circunstancias- siendo como una familia. Las sirenas se oyen a lo lejos, el olor que se desprendió por el deslave de tanta basura es insoportable; huele a dolor y muerte por doquier. Todos corren deprisa a buscar entre la basura a quienes estaban ahí apenas un minuto antes que el destino y exceso de lluvia derrumbaran sus vidas; Antonio sentía que el corazón se escapaba por su pecho, sabía que su hermano estaba ahí, porque él –su hermano- le dijo que iría a ese sector en la mañana.
Al llegar a la orilla el terror invade la mirada de los ahí presentes, se encuentran con la muerte que sonríe sádicamente porque les arrebato parte de su corazón al tomar de la mano a veinte personas que buscaban latas vacías, ahora se desliza por la espina dorsal –en forma de escalofrío- de los familiares, amigos, bomberos y animales que participan sin así quererlo en esa postal de desolación.
Todos unidos por su desgracia toman palas, piochas, azadones y sus manos -gastadas por la basura- para tratar de mover toneladas de escombros; es imposible mover con tanto dolor tanta basura, tanta muerte, tantas lágrimas, tanta agua.
Luego de dos días de trabajo, de varias toneladas de basura removidas, de varias lluvias continuas, las autoridades suspendieron la búsqueda de los desaparecidos; decretaron luto nacional por un día. Los noticieros inundaron junto con la lluvia aquel basurero, la sociedad dejó de taparse la nariz al pasar enfrente de aquel sitio, por un día, por un solo día tomaron conciencia que eran personas las que vivían ahí.
Cada una de las personas que perdió a alguien ese día, llevó flores tristes -pero bonitas- para arrojarlas a la orilla, Antonio sintió que se iba parte de su ser al decirle adiós a su hermano que ahora se convertía en un fantasma en medio de la basura; Antonio sin quererlo pregunta en voz alta - ¿Cuánto pesa la pobreza?-, una anciana que llevaba un clavel moribundo en la mano le contestó –pesa toneladas mijo-, mientras de sus ojos tristes gastados por el tiempo se desprendía una lágrima que resbalaba lentamente por las arrugas que le dejó la soledad y el dolor.
Nunca se encontraron a diecisiete personas que quedaron debajo de los desperdicios para convertirse en una parte integra de aquel lugar, solamente hallaron a tres personas dos kilómetros abajo en el río de aguas negras; un anciano que tenía los zapatos viejos con agujeros en las suelas, una mujer con latas de aluminio a su lado y un niño que tenía en su bolsillo izquierdo un viejo reloj bañado en oro que se quedó detenido a las tres de la mañana;  al lado de todos ellos yacía un triste barco de papel periódico donde un niño dejó ir su niñez.

VI
Al octavo día escampo; con una vieja gorra Antonio cubre su joven cabeza, está sentado en la montaña más alta del basurero pensando en lo que la basura le ha arrebatado, en lo que se ha llevado a diario y que esa misma basura lo tiene vivo, aunque muere por dentro cada día. A sus pies una pequeña flor nace en medio de tanto dolor, Antonio la arranca de raíz –tanta belleza no merece morir acá- dice, la mete en un recipiente usado de jugo para llevársela luego. En el sector del derrumbe aún se escuchan los fantasmas de los fallecidos destripando latas, luchando contra su pobreza, evadiendo la realidad de su muerte, él –Antonio- los escucha cada noche, ha tratado de hablarles pero tienen la boca llena de lodo y basura; sabe que algún día los acompañará a destripar latas.
Suspira profundamente su desgracia y alza la mirada al cielo, el atardecer naranja en el firmamento, los zapatos que cuelgan de los alambres en las calles tristes desdibujan el paisaje casi perfecto, los niños juegan en medio de los cúmulos de basura, el olor fétido de las sobras del mundo subía al cielo; en un árbol viejo y quemado, los zopilotes observan a sus compañeros de desgracia y en su vuelo quiebran el atardecer pastel.

lunes, 6 de junio de 2011 2 comentarios

La muerte viaja sobre ruedas

“Entró viendo a todos con recelo, escogiendo lentamente su victima, midiendo a uno por uno, y sin prisa lo tomó de la mano”…

El motor se sacudía insistentemente cada vez que pisaba el acelerador, aún la oscuridad imperaba con todo lo que daba de sí esa hora de la madrugada y el cantar incesante, puntual y coordinado de los gallos señalaban en el ambiente que pronto amanecería, la madrugada estaba fría como lo había estado en casi toda la semana, la niebla cubría todo a cinco metros de distancia, caminaba como quien arrastra el sueño, sus pies apenas se separaban del suelo, pasó al lado de la derruida casa del perro quien le lanzó una mirada como saludándolo pero anunciando que quería seguir durmiendo. Entró a la casa mientras su esposa con el cabello alborotado calentaba el resto de café que quedó de la noche anterior mientras él con cierta desidia jaló la silla y se sentó, quebró entre sus manos un pedazo de pan y lo remojó en el café aún humeante, nadie hablaba, la mujer tenía demasiado sueño para unir palabras y entablar conversación alguna y él simplemente no tenía ganas de hacerlo; bebía el café lentamente , sorbo tras sorbo, el humo topaba contra sus ojos y los mismos miraban hacia fuera hacia el infinito que eran nada mas que cinco metros porque la niebla así lo quería. Se levantó con la misma pesadez con que se había sentado minutos atrás, lavó sus dientes mas por costumbre que por ganas de hacerlo, se vio en el espejo y notó que estaba un tanto mas viejo que ayer, suspiró para tratar de regresar el día perdido dentro de sí pero no lo logró, abrió con cuidado la habitación de sus hijos y con una mirada se despidió de ellos, le dio un beso tímido a su mujer, tomó entre sus callosas manos su gorra de color rojo y subió a su bus. La marcha hacía atrás del automotor automáticamente activaba un pitido que estremecía los nervios del perro que despertaba y le ladraba incesantemente cual si fuera la luna. El bus llegó lentamente a la carretera y las llantas parecían saludar tímidamente al asfalto frío de media madrugada, lentamente caminaba aquel bus por la calle principal esperando a detenerse por primera vez y dar paso a los pasajeros del día a día; una mano delgada como un trozo de papel le hizo la parada, una anciano agarró firmemente el tubo helado del pasamanos y con sutileza mostró su carnet de la tercera edad, él solo la miró sin decir buenos días, un pasaje menos pensó para si; lentamente el interior de aquel transporte colectivo se iba llenando, entraban todo tipo de personas, personas de la tercera edad, jóvenes, niños, y el calor iba subiendo de tono y cada cual conversaba de distinto tema con el de la par o simplemente guardaba silencio conversando con su alma, él les pedía amablemente caminaran al fondo del bus para darle cabida a todo aquel que quisiera abordar el mismo. Por el retrovisor veía el mundo que llevaba consigo dentro del automotor, pensó en cada familia representada por cada uno de ellos, pensó en la muchacha que se maquillaba cuidadosamente y que iba sentada al lado izquierdo, pensó en la anciana que subió al inicio y que yacía semidormida apoyando su blanca cabeza contra el vidrio que se movía estrepitosamente según lo hiciera el motor, giró levemente la vista a su derecha y observó a dos jóvenes mujeres parecidas entre si reírse y hablar al unísono, el pitar incesante del auto detrás del bus lo despertó de su mundo, rápidamente cambió de velocidad y reinició la marcha, secaba con su mano izquierda el sudor de su frente ­ por lo caliente del motor que se esforzaba con cada aceleración, y con la derecha sostenía el volante firmemente como quien sostiene un bostezo, no recordaba cuanto tiempo llevaba en este negocio si así se le podía llamar, solo recordaba que en una ocasión su padre le enseño a manejar y sin darse cuenta estaba en este día lunes manejando rumbo al norte de la ciudad…

Este dolor de cabeza me está matando no pude dormir mucho, ¿será el miedo a lo que haré?, pero ya lo he hecho en varias ocasiones, estoy sudando, y el sueño se escapa por cada poro de mi piel, la pistola está cargada, la tengo en la segunda gaveta de mi mueble, voy a revisar por enésima vez si funciona todo bien no quiero que nada falle, esta mas pesada que de costumbre, pero aún huele a pólvora, huele a sangre, a sueños quemados, pero sobretodo huele a miedo, ayer no pagó y firmó su sentencia de muerte, no se si quiera hacerlo, pero es una ley, nuestra ley y la obedeceré, mañana a primera hora será lo primero que haré, no requiero desayuno, con el estómago vacio corro mejor, me acostaré y trataré de no soñar porque no me gusta oír en mis sueños sus voces de súplica…

Sus ojos le ardían por el exceso de humo que soportaba a diario, quería frotárselos pero la necesidad imperante de no soltar el timón se lo impedía, el semáforo en rojo le regaló la pausa necesaria para realizar la maniobra de forma rápida pero efectiva, por el retrovisor veía el desfile incesante de la gente que entraba y salía sin hablar tan siquiera para preguntarle si se dirigía a tal o cual lugar, su estómago jugueteaba alegremente dentro de su ser recordándole que solo tenía dentro de sí un pan y un poco de café para subsistir hasta el mediodía, su botella con agua era su única salvación hasta esa hora, tomó un poco de la misma para espantar el hambre, arrancó de nuevo al unísono con lo verde del semáforo, el tráfico era terrible algo usual por ser lunes o simplemente usual por ser tarde.

Vio detalladamente su rostro, era un tipo normal a su entender que extendía su brazo para pagarle el pasaje, cuando notó lo que llevaba en la mano recordó el día anterior, recordó como dos sujetos se dirigían hacia él exigiéndole el pago semanal para seguir viviendo, su fastidio había llegado a un punto alto y se negaba rotundamente ha seguir dando dinero que le costaba horas ganárselo, recordaba el dolor continuo, tenaz e involuntario que dominaba por las noches su espalda, las libras de mas ganadas por pasar tanto tiempo sentado, lo rojo de sus ojos y lo hinchado de sus pies, recordaba no poder comprarle a su hijo la bicicleta que tanto anhelaba porque apenas le alcanzaba para pagar por su vida. Lo empujaron contra el bus lanzándole toda clase de improperios, amenazaban con liquidar a su familia y a él mismo si esa noche no tenía la cantidad de siempre, al reaccionar sentía caliente el pecho, un burbujeante y rápido salpicar de liquido salía de su ser, el aire se le cortaba de a poco, el corazón parecía que iba a estallar se lo tocaba para tratar de tranquilizarlo pero notó con horror que las manos las tenía teñidas de rojo, era su sangre, que se deslizaba lentamente de su ser y bajaba por lo negro del piso del bus, y gota a gota caía por las gradas hasta fundirse con el asfalto…

“Son las siete de la noche en punto, les saludamos desde La Ciudad de Guatemala, hoy otro piloto de buses urbanos ha sido víctima de la delincuencia, el piloto que se conducía por una de las principales vías de circulación del casco urbano fue ultimado a balazos por un desconocido que se dio a la fuga, La Policía Nacional Civil le atribuye el hecho a la negativa de pago del famoso denominado impuesto de circulación, en el hecho murieron otras dos personas por las balas perdidas que los alcanzaron, estaremos ampliando la información más adelante”…

Sonó el teléfono, sonó de una forma peculiar, de la forma como esperaba que no sonara nunca desde el tiempo que tengo de vivir con él, una voz al otro lado me informa de los detalles, llegué tan pronto como pude, era su bus, el rayón en la parte de atrás del mismo me dio la razón, las lágrimas caían a borbotones de mis ojos, no lo podía creer, sus zapatos están empapados de sangre, yace recostado al lado izquierdo de su asiento, el vidrio está salpicado de rojo, y el rosario en su retrovisor parece que no lo protegió, grito, grito fuertemente esperando volverlo a la vida, pero no es así, sigue quieto, sin vida, sin alma, un policía me detiene y me empieza a hacer preguntas sin sentido, no lo quiero escuchar, solo quisiera tocarlo por última vez, pero su cuerpo ahora solo es una prueba más para el ministerio público y su muerte un dato más para la estadística de esta tragedia a la que todos llaman vida.

A la mañana siguiente ayudó a subir en uno el número de muertes mientras en el cementerio le dejé un ramo de rosas para recordarle que un día fue una persona…

sábado, 26 de febrero de 2011 0 comentarios

Paz, ¿Firme y Duradera?


“Mientras no se sepa la verdad, las heridas del pasado seguirán abiertas y sin cicatrizar".

“Años de terror y muerte han desplazado y reducido al miedo y al silencio a la mayoría de guatemaltecos”.

Discurso de Monseñor Juan José Gerardi con ocasión de la presentación del informe REMHI
Catedral Metropolitana, 24 Abril 1998


"Caín, ¿dónde está tu hermano Abel? No sé, contestó. ¿Soy acaso el guardián de mi hermano? Replicó Yahvé: ¿Qué has hecho? Se oye la sangre de tu hermano clamar desde el suelo hasta mí" (Gen, 4,9-10).


Parado frente a la multitud que presenciaba aquel “magno” evento estaba Manuel, estaba con su caja para lustrar en la mano derecha mientras con la izquierda se acomodaba la gorra que había conseguido en una campaña proselitista un par de años atrás: secó su frente fugazmente con la parte anterior de su antebrazo mientras recordó en ese preciso momento la última vez que vio a su padre veinte años atrás por estas fechas. El aire proveniente del norte que se topaba ahora en su rostro se asemejaba a aquel mismo que movía la luz de la candela aquella noche y se movía de un lado al otro dibujando un sinfín de figuras que jugaban en aquel raído techo de lámina, el frio que precede a las fiestas de fin de año se colaban por la rústica y vieja madera la cual cuando se mojaba con la lluvia olía a un mueble muy viejo, mientras él se entretenía con las sombras de la candela en la esquina derecha de aquella humilde casa hervían fuertemente los frijoles del interior de la olla de barro que la abuela hizo con sus callosas y arrugadas manos un año antes de morir un viernes de agosto. Permanecía sentado frente a aquella pequeña mesa cuadrada moviendo de adelante hacia atrás sus pequeños pies descalzos que rozaban la tierra y levantaban de a poco un rastro de polvo. Oía el fuerte rugir de sus intestinos que le anunciaban que el hambre había llegado, afuera de la casa su hermano y su hermana jugaban a las escondidas tan solo sus risas y el trotar constante y sigiloso los delataban en aquella noche iluminada por una gran luna. Su madre torteaba con gran habilidad aquellas grandes y gruesas tortillas que a él tanto gustaban, le gustaban porque al morderlas subía hasta su nariz el inconfundible olor a maíz que sin saber el porqué lo hacían sentir muy bien. Afuera se oyó un unísono ¡papá¡ y detrás de esa frase el correr de sus hermanos al encuentro de su padre. Aquello se repetía todas y cada una de las noches y parecía que el regreso de su padre era celebrado por todo lo alto, lo celebraban los niños que se alegraban por la caricia con las manos ásperas que les hacía su progenitor, lo celebraba la esposa que esbozaba una frágil sonrisa por el alivio de ver a su hombre de vuelta en el hogar; y lo celebraba el viejo perro que saludaba moviendo frenéticamente la cola al hombre que le daba de comer por las noche y acariciaba un par de veces su cabeza como despedida. Entró a la casa y saludó con frágil beso a su mujer que sin titubearlo le sugirió un baño antes de la cena, y saludó al pequeño con una caricia en la cabeza mientras le dijo – Como siempre esperando la comida-. Y él solamente le sonrió escuetamente como respuesta…

A lo lejos se oía el tintineo de las copas de champagne al chocar entre si; y si se ponía atención se podía sentir el olor de los costosos manjares preparados para esa ocasión, mientras Manuel seguía sumergido en aquel último recuerdo de su familia reunida aquella fresca noche de Diciembre. Recordó a su padre a aquel hombre moreno de cabello lizo y piel tostada al sol, lo recordó a la cabeza de la rústica mesa y a su madre moviéndose sigilosamente de un sitio a otro hasta que todos tuvieran su respectivo plato con los humeantes frijoles recién cocidos y por último sentarse ella. Él se dejó llevar por su hambre y empezó a comer desmesuradamente, esto provocó un fuerte regaño por parte de su padre que le recordó que “aunque” fueran unos pocos frijoles los que tuvieran esa noche para comer, había que dar gracias a Dios. Todos cerraron al unísono los ojos y el padre dio gracias al cielo por aquella humilde cena, pero a Manuel le parecía la misma oración de todas las noches, y en realidad lo era por que su padre solo esa conoció cuando fue un par de meses de niño a la iglesia del pueblo para ser bautizado, pero nadie en la mesa decía nada por aquellas humildes palabras dichas por su padre.

Al terminar el padre la oración todos empezaron a comer, el mas pequeño lo hacía con las manos, lo hacía tan hábilmente que no parecía que fueran sus manos si no una gran cuchara pegada a su mano izquierda, el padre parecía nervioso y serio esa noche, -¿que tenes, porque estas tan serio y callado?- dijo ella. El tomó un pequeño sorbo de café mientras miraba al pequeño comer sin preocupaciones, - es que tengo miedo- dijo mientras su mano temblaba levemente, -¿y porque tenes miedo? si no le hemos hecho nada a nadie que yo sepa-, él mantenía la mirada fija en los nudos que dibujaban semicírculos en la madera de la mesa, -tengo miedo porque creo que hicimos algo malo sin saber que eso era algo malo-, -¿y que pudimos hacer que fuera tan malo que no supiéramos que era malo?- repuso ella frunciendo el seño en señal de sorpresa y consternación, -contame que es lo que pasa- dijo ella en un tono entremezclado con la curiosidad y el miedo de su esposo que empezaba a compartir.

- Hoy se llevaron al Esteban los uniformados y luego oímos varios disparos fuera del pueblo luego cuando íbamos saliendo de la plantación vimos el cuerpo colgando de la ceiba del parque central, tenía como veinte balazos en la panza-. Dijo a su mujer mientras esta tragaba con dificultad el bocado que se había llevado segundos antes a la boca; - ¿y que hizo para que lo mataran así?- dijo ella con los ojos a punto de soltar las lágrimas, -pues una noche que estaba lloviendo tocaron en la puerta de su casa, el pensó que era su hermana pero cuando vio era su vecino Mardoqueo creo que se llama, y venía como con otros ocho que disque estaban peleando en las montañas y ya no tenían nada para comer- hizo una pausa que supo a eternidad, -pues como aquel es buena gente los dejó entrar y les dio unas tortillas que le sobraron de la cena y unos cinco huevos que recogió la mañana pasada de sus gallinas-. Ella se quedó un par de minutos en silencio mientras los niños comían sin saber de lo que hablaban. – ¿Y solo por eso lo mataron?, ¿por unas cuantas tortillas frías y cinco huevos?- dijo ella, -No-. Dijo él, -lo mataron por apoyar a los que están en contra de la patria- agregó, y todo permaneció en silencio en aquella habitación.

Ella vio el miedo en sus negros ojos, vio como le temblaban las manos y el habla se entrecortaba; parecía que quería ocultar lo que a tanto temía bajo el montón de leña acuñado en la esquina derecha de la casa, meterla junto con los restos de hojas y los pedazos de la corteza de tanto árbol mutilado, quería escabullirse entre los espacios dejados por la falta de orden entre aquellos trozos de madera en donde se escondía el grillo que tantas noches ensuciaba el silencio a la hora de dormir; soñaba con acurrucar su miedo al lado del ratón que mordisqueaba las tortillas que dejaba la mujer tostándose en la orilla del comal. -¿En que tanto pensas?-, dijo ella mientras se limpiaba la boca con la mano, -en nada, solamente que algo me asusta-, dijo él y tomó la tasa humeante con café hirviendo, -creo saber que es lo que te tiene con el miedo en los ojos-; dijo ella y pareció que empezaba a compartir ese miedo, esa sensación de zozobra que le estrujaba el estómago y hacía que de apoco surgieran de su frente leves gotas de frío sudor.

-Pero solo fue una vez-, repuso ella –con una vez basta mujer, solo eso necesitan ellos como pretexto-, respondió él; la mujer tenía los ojos inundados por lágrimas que se negaba dejar salir, ahora miraba al montón de leña con la misma nostalgia que minutos antes su marido la viera, -no debimos haberle dado nada de comer a ese haragán de tu primo que piensa que con machete y bala se arregla todo-, dijo él, mientras en medio los niños empezaban a palpar como se esparcía por aquellas cuatro paredes de madera -que huele a mueble mojado cuando le cae la lluvia- el miedo que emanaba de los ojos de sus padres.

- ¿Y que pensas hacer?, ¿A dónde nos vamos a ir? – dijo ella casi a manera de súplica, mientras él subía los hombros como respuesta a su pregunta, -no lo sé mujer, no tenemos pisto para movernos de donde estamos-, ella dijo con la voz impregnada de tristeza –¡a mí solo me asusta lo que les pueda pasar a los niños!- y cada uno de sus hijos volteó a ver al unísono a su madre mientras pronunciaba esta frase, y sin querer cada uno perdió su mirada al vacío y el miedo se apoderaba de sus pequeños corazones sin saber el motivo, y sin querer dirigían lentamente su mirada al montón de leña acuñado en la esquina derecha de la casa.

De pronto se oyeron unos sigilosos pasos entre la milpa sembrada alrededor de la casa; el perro ladraba insistentemente a los extraños que perturbaban el silencio de aquella noche, su constante ladrar fue sofocado por un disparo seco y caliente que le atravesó el cráneo; en el interior de la casa el sonido de la bala precipitándose sobre el animal hizo que todos se levantaran empapados en pánico, el padre asomó su vista a las afueras de la casa y vio a través de una rendija como se aproximaban varios hombres uniformados, le dijo a su mujer que se llevara a los niños a la parte de atrás de la casa y que no salieran de la milpa por mas ruido que escucharan, todos corrieron tirando al suelo los platos que minutos antes contenían frijoles hirviendo, aunque a Manuel ya le quedaran pocos le dolió dejarlos regados en la tierra…

Las chicharras emiten en el silencio su agudo y monótono canto; y se escucha el quebrar continuo de la milpa al ser pisada, varias pares de botas de cuero se escuchan aproximarse, puede que sean cuatro o cinco personas pero a mi me parecen un millar; no quiero que nos encuentren, tengo miedo de que me lleven con ellos, lejos de la milpa, lejos de mis hermanos, lejos de mis papás y lejos del olor a tortillas. Su respiración se escucha agitada y hueca, como la de mi hermana al lado mío, solo que lo de ella está acompañada de lágrimas y un leve llanto que casi parece el chillido de un ratón, mi mamá sofoca sus gemidos con su temblorosa mano. Las chicharras emiten en el silencio su agudo y monótono canto; y mamá llora porque papá se quedó en la casa, y llora porque ahora parecen que son mas los pasos que nos siguen, los grillos cantan, cantan una canción alegre; se oyen a la izquierda a la derecha, al frente y atrás, cantan y se regocijan de su vida mientras yo tan solo pienso que la nuestra hoy podría acabar. Mi hermano solloza y las lágrimas caen ininterrumpidamente por sus mejillas, su corazón late deprisa, se oyen sus latidos y en cada uno de ellos parece que grita auxilio. Las chicharras emiten en el silencio su agudo y monótono canto, y se oyen los pasos muy cerca, casi puedo jurar que la luna nos delata con su reflejo sobre el sembradío, desearía en el alma que estuviera nublado en esta noche. Se oyen gritos por doquier, llantos en todo el sembradío y mas y mas botas y mas y mas milpa siendo pisada, y de pronto el retumbar seco y ligero de lo que supongo es una pistola, los gritos suceden uno al otro y el correr constante de tantas personas por sus vidas en medio de la milpa, mi madre nos grita que corramos, yo no se que hacer porque tengo miedo y no comprendo el porque debo correr si no hice nada malo solo comer antes de la oración, además mis pantalones están mojados, realmente no comprendo porque, porque ni siquiera me dio tiempo de tomar café y no tenía ganas de ir al baño; corremos con mis hermanos tomados de las manos mientras a lo lejos se oye el grito de mi madre y cuando volteo a ver solo diviso sus pies siendo arrastrados por dos manos igual de morenas que la piel de mi padre, y corremos por toda la noche hacia el pueblo, y en el sembradío quedaron mis padres, un zapato de mi hermana, el retumbar constante de las balas, las botas quebrando la milpa y las chicharras emitiendo su agudo y monótono canto…

Un retumbar de tambores en el interior del edificio de color verde olivo sofocaba los oídos de los ahí presentes, y al mismo tiempo varios cañones retumbaban en conjunto para anunciar que la pluma de plata había trazado un par de firmas en aquel extenso documento; y afuera el olor a pólvora inundaba el ambiente mientras Manuel, de un breve sobresalto recordó como escondido junto a sus dos hermanos permanecieron viendo como arrastraban a su madre unos metros atrás dentro de la milpa, y lloraron en silencio por preservar la vida; pero cuantas ganas tenían de gritar que dejaran en paz a su madre porque ella no les había hecho nada malo, pero tan solo corrieron; corrieron con todas sus fuerzas y alrededor se oían disparos por doquier semejantes al retumbar de los cañones de esa noche, pero con la diferencia que esas balas se oían atravesar cuerpos con vida.

Cuando llegaron al pueblo el sol ya se asomaba por la loma detrás de la blanca iglesia, el aire aún tenía el color de la pólvora y el plomo atravesando cuerpos con vida; muchas casas tenían las puertas abiertas, habían tirados zapatos por doquier, los animales de corral andaban sueltos a sus anchas, y a lo lejos se podían oír si se ponía atención los gritos desesperados y las súplicas por vivir. Los tres niños sentían el constante movimiento de sus intestinos que les reclamaban comida, pero en realidad no tenían ganas de comer, caminaron lentamente como quien encabeza algún funeral hasta la casa de su tío a quien todos llamaban Don Fermín. El anciano divisó a lo lejos tres pequeñas figuras acercarse hasta su choza, corrió hacía ellos y los colmó de besos mientras hacía miles de preguntas, pero ellos callaban, y callaban porque no sabían porque estaban ahí, callaban porque no sabían porque huían, callaban porque ni siquiera sabían quien los perseguía, callaban porque sus padres no estaban, callaban porque sus caites quedaron entre la milpa, callaban porque tenían hambre pero no ganas de comer, y callaban porque dolía mucho hablar del pasado.

Don Fermín no los quería llevar con él pero luego accedió a llevarlos, cada paso que llevaba a su hogar era para cada uno de ellos volver sobre el miedo ya vivido, era abrir las heridas y examinar -con la cabeza ladeada a la izquierda- cada detalle de la noche mas clara del año pero mas oscura para haber vivido; habían pasado ocho días pero para ellos era como vivirlo de nuevo, a su paso se divisaba toda la milpa destrozada por el fuego y los pisotones, el aire aún se veía un poco tenue por el humo del maíz tierno quemado a propósito para encontrar a los que huían de su destino de muerte esa noche, y era su destino por haber ayudado al “enemigo”. Cuando entraron a la casa vieron los trastos hechos pedazos y tirados por doquier, la leña que servía de escondite para el grillo, el ratón y sus miedos ya no estaba, el rústico ropero había sido vaciado y la olla hecha por las arrugadas manos de la abuela un año antes de morir yacía hecha polvo a un costado del comal, que aún tenía pegados trozos de tortillas secándose, pero sus padres no estaban y nunca jamás volverían a estar, fueron a la casa contigua y cuando llegaron el olor los hizo retroceder, olía a muerte por todos lados, era un olor ácido que dibujada en el aire la silueta de algo perdiendo su alma, las gallinas picoteaban el suelo teñido de rojo y los cerdos comían trozos de piel del vecino que no logró escapar, y Don Fermín dijo para si -“¿y que se suponía que hicieran los pobres animales? ellos también tienen que comer-…

Tomó lentamente su caja para lustrar, se quitó la gorra –que le habían dado años atrás en una campaña proselitista- guardándola en su caja, y caminó por aquellas oscuras calles de la zona céntrica de la capital del país, arrastraba lentamente sus gastados zapatos que tenían un agujero en la suela; mientras en el interior del palacio se oían los aplausos de alegría por haber terminado un largo y doloroso recorrido de treinta y seis años llenos de sangre y vidas humanas destruidas –incluyendo la suya- , mientras en un callejón inundado de hoteles y mujeres que vendían compañía por hora se veía a un ciego moviendo de un lado a otro su bastón comprobando cual de las mujeres estaba dispuesta a compartir con él por esa noche su oscura soledad, saludaba a cada una con un torpe beso y aunque algunas se sorprendían y negaban por su falta de visión una de ellas aceptó al ver un manojo de billetes salir del bolsillo derecho de su pantalón, se internaron en el interior del hotel llamado “La Ilusión”; y en la esquina de enfrente un pordiosero rociaba con agua la manga izquierda de una camisa tan raída como el mismo. Y siguió su camino hasta el asentamiento en donde vivía mientras en lo alto del cielo retumbaban bombas que al estallar en el cielo dibujaban formas de todos los colores del arco iris celebrando una paz firme y duradera y Manuel tan solo pensó “ojala la hubieran gozado los viejos”; soltó un par de lágrimas de sus negros ojos mientras en el ambiente se sentía el aire frío de fin de año proveniente del norte…


miércoles, 16 de febrero de 2011 1 comentarios

La mirada triste de una conquista

Sentado frente al parque en el pueblo desconocido, Juan observa a los niños regresar del colegio, en su regazo su sombrero de paja gastado luce triste; las aves en los árboles cantan alegremente el adiós al día, su piel curtida por el sol y el trabajo bajo su fuerte luz lucía brillante.

Su raza ha sido minimizada desde que en un día de octubre extranjeros pusieron un píe en las playas de sus antepasados y proclamaron como suya una tierra que nunca les había pertenecido y dejaron en Juan y en miles más por generaciones pasadas, presentes y futuras una mirada triste propia de su raza, por una conquista.
lunes, 31 de enero de 2011 0 comentarios

Una ciudad se muere

Hoy amaneció, lentamente el sol despejó la niebla, Guatemala inicia un nuevo día, las calles lucen transitadas por todos los que desean progresar cada día; los niños bostezan en el interior de los buses amarillos que los llevarán hasta su colegio, en el asentamiento Juan prepara un pan con margarina que le silenciará el hambre hasta la hora de volver a casa, en la escuela no hay maestros y los pupitres semideruidos no pasarán de este año.

Los buses están llenos, todos quieren llegar a su trabajo lo antes posible, la señora que vende periódicos anuncia que ayer mataron a ocho, abro los ojos con sorpresa y sin querer y darme cuenta la resignación me atrapa, nuestra ciudad está en manos de ellos, los que no piensan un minuto al momento de jalar el gatillo y destrozar con una detonación una familia, el bus arranca.

He regresado este día a mi casa pero mañana ¿quién lo sabe?, nadie lo sabe en esta ciudad que está muriendo y cada uno de nosotros adentro nos morimos junto con ella.

domingo, 17 de octubre de 2010 0 comentarios

El Hombre mas triste del mundo

“Extendió su mano esperando una moneda que le salvara la vida y solo encontró indiferencia para comer esa mañana”

 

Hoy hace calor, es sábado por la noche, y la lluvia parece algo lejana según dicen las propias nubes, aunque quien lo sabe, mi abuela retoza en el rincón meneándose de adelante para atrás, la silla mecedora parece crujir tanto como sus huesos, hace una pausa cuando menciono lo de la lluvia y hablando como si fuera ventrílocuo sin mover la boca dice una frase poco esperanzadora –“Cuando llueve solo sirve para alborotar el calor, así que mejor que no llueva esta noche”- , al parecer el tiempo parece obedecerle, aunque a lo lejos se oye un ruido crudo, húmedo y pesado, se oye por el techo el correr ligero del gato que regresa a casa, huye de el agua como quien quiere esquivar a la muerte y al unísono cae sobre la lámina la primer gota desde un lugar tan lejano como el pensamiento y detrás de ella viene otro millar mas, dentro de la habitación se empieza a sentir el olor de la tierra mojada un olor relajante y liviano, que estremece el cuerpo y reconforta el alma, aspiro tanto como puedo ese olor, y la silla se vuelve a detener pero esta vez su frase no vino anunciada por el crujir constante de su silla, ni por el de sus huesos, si no por el profundo lamento de su voz, -“No olas la tierra mojada porque se te alborotan las lombrices”-, cierro parsimoniosamente la ventana como dándole la razón y como despedida tomo una última bocanada de ese olor del cielo,  sin querer sonrío, recordando que afuera llueve pero acá dentro aún hace calor.

Una gota cae sobre la mesa, cae y golpea el silencio que impera en toda la casa, su sonar torpe y hueco retumba por toda la oscuridad que cubre cada rincón, abro los ojos para ver si en la oscuridad hallo a mi sueño pero al parecer en el interior de mi vista hay más luz que a mí alrededor, el gato juega cruelmente con un ratón que cazó en el rincón derecho de la cocina, -“ahora entiendo porque siempre amanecían las tortillas mordidas”- , la pobre victima chilla pidiendo perdón o ayuda, al final nadie lo sabe, mientras el sonido de su cuerpo chocando contra el suelo hace presagiar su fatal destino,  repentinamente ya no se oyen sus lamentos que son sustituidos por un crujir crudo y fatal, su cabeza yace hecha pedazos entre las fauces del gato, y después de eso mi sueño aún no aparece.

No recuerdo a que hora me logré dormir, como tampoco recuerdo que fue lo que soñé, solo recuerdo a una mujer diciéndome –“Te cuento un secreto”- y fue en ese preciso momento que acabó su frase y mi sueño, desperté con la camisa mojada y la sensación de no haber dormido mucho, mi abuela tenía toda la razón ya que la lluvia solo aumentó el calor, tengo la extraña sensación que este día ya lo he vivido, pero no es así, hoy es domingo por la mañana, y en el centro del cuarto el gato duerme plácidamente luego de saciar a su naturaleza asesina una noche anterior, en la calle se oye a las personas corriendo a la misa de siete para cumplir con su cuota a Dios, creo que nadie recuerda que anoche llovió porque no hay indicios de que hubiera sido así, tan solo la última gota de agua en la lámina cae lentamente hasta chocar con la tierra haciendo un ruido tan imperceptible al oído como el silencio mismo. Mi abuela vuelve a la vida con un ataque de tos, hinca sus rodillas viejas y arrugadas en  la tierra para darle gracias a Dios por no mandar al ángel de la muerte una noche antes por ella, tomó su bastón un tanto mas desgastado y antiguo que ella, como pudo se puso de pie un día mas, nunca supe que edad tuvo la abuela, pero si sé que fueron muchos años recogiendo pedazos de tiempo, gran parte de ese tiempo lo hacía soñando con un amor que nunca volvió y que dejó para si misma solo una prueba de haber existido en verdad,  una prueba que vivió nueve meses dentro de su ser, y que ahora la veía desde el otro extremo de la habitación con ojos de cansancio, mi madre preparaba el desayuno junto al fuego que ardía estrepitosamente y estallaba a cada poco  rompiendo por momentos el silencio imperante en aquella habitación, mientras tanto la abuela la veía desde la puerta con los ojos semi abiertos, el cabello alborotado y apoyaba su alma en el bastón…

 

De su rostro no se despedía indicio alguno de felicidad, tan solo la presencia de la boca en su rostro hacía suponer que  alguna vez pudo o por lo menos trató sonreír, su piel luce arrugada y de un color difuso cual si fuera un efímero recuerdo, sus labios partidos por el frio, el calor y el viento, parecían por ratos sangrar, parecía que balbuceaba algo a través de ellos, parecía que intentaba hablar pero olvido para sí y para su recuerdo el sabor de las palabras, sentía un sabor metálico dentro de su boca y los pocos dientes que quedaban dentro de la misma se podrían junto con sus palabras, el par desigual de sus zapatos los tenía a un lado, y en su regazo sostenía un cuaderno antiguo,  con las hojas amarillas y arrugadas por el tiempo y el agua; en el mismo escribía palabras ilegibles para el ojo humano común pero para él eran sus memorias que estaban compuestas por cada persona que soltaba una moneda dentro de su roto y viejo sombrero, -“el muchacho de playera amarilla, hoy no me dio nada”-, -“la señorita embarazada me regaló cincuenta centavos, esperaba mas”- ,-“no me gustó como me vio el señor de barba, no me agrada”, así sucesivamente anotaba, viendo ir y venir personas, tiempo, agua y frio, mientras su vida se desgastaba de apoco junto con su cuaderno…

 

Es una noche agitada, las personas entran una tras otra con el alma apenas colgando de su cuerpo y la muerte dibujada en su rostro, afuera llueve, sirve para lavar en un pequeño porcentaje la sangre que escurre por  sus rostros, el accidente al parecer fue grave ya que la mayoría están aturdidos por el golpe y en sus ojos se distingue todavía el terror iluminando su mirada, luego de una hora dejan de llegar los heridos, me siento para acomodar mi cabello que se ha salido de su lugar luego de tanto movimiento, mi vestido está cubierto de sangre de todos los pacientes y de ninguno a la vez, tomo una bocana de aire para recobrar el alma, mis ojos pesan en esta hora de la madrugada, en el pasillo un señor fuma esperando noticias de su nuevo hijo, al fondo se lee “Nosotros cuidamos su salud, POR FAVOR NO FUMAR”, pero ¿quien le quita la única cosa que evita que pierda en este instante la cabeza?, el café está caliente, el vapor sube lentamente hacia mi rostro y de un suspiro desaparece para perderse en la nada, afuera ya no llueve, el ruido de la sirena me termina de reanimar, el bombero entra trayendo entre sus brazos un bulto envuelto en una frazada, -“Lo encontramos en un cañaveral, no sé como sigue vivo, los gusanos habían empezado a comérselo ¡vivo! si ¡vivo!, y ha llovido tanto que no sabemos aún como sobrevivió, sujetaba con tal fuerza una planta que nos costó abrir su frágil mano para soltarlo, parecía que se sujetaba a ella como a la vida, ¡rápido! Hay que limpiarlo y calentarlo  si no se nos muere acá”-, el niño no pesaba más que la frazada,  temblaba como quien quiere volver a la vida, en su cabeza se notaban las mordidas de lo que parecían hormigas, y dentro de sus oídos, nariz y boca se hallaron gusanos, gusanos que no esperaron a que la carne estuviera fría y sin movimiento si no que aprovecharon la soledad de la inocencia para saciar su necesidad de carne humana, al limpiar su boca lanza un alarido parecido a un llanto humano, solo que era tan desgarrador como el sonido de la muerte, como si hubiera nacido por una segunda vez o vuelto de un terrible lugar, sus ojos son del color del cielo,  detrás de ellos se ve mucho dolor acuñado queriendo escapar, no ha cumplido tres días de nacido y se ve que dentro de su ser existe mucho sufrimiento, mientras llora sin cesar cuando el alcohol toca sus heridas y una lágrima resbala por su rostro y cae en la almohada que la absorbe por inercia. Nadie se mueve del cuarto, inclusive nadie parece respirar, solamente él, todo parece una pintura macabra a la que nadie puede acostumbrar su mirada,  él se mueve porque al parecer nació sabiendo lo que el mundo le daría como bienvenida...

 

El sudor cae lentamente por mi frente, el partido estuvo fuerte luego de la escuela, jugué a pesar de que la abuela me lo prohibió para no romper los zapatos, pero juego descalzo aunque cuando hace mucho sol, el suelo me quema los pies, la abuela sabe que juego pero no dice nada, lo siente en mi olor, huelo al sol, al aire, a la tierra, pero sobretodo huelo a juventud, y ella aún no olvida a que sabe ese olor y esa sensación de tener el mundo por delante, entré a la casa cuando la noche hacía mella sobre el firmamento,  la abuela retozaba en su rincón de todos los días esperando a que pasara a su lado y recoger con lo que quedaba de su olfato un hálito de la vida afuera, me bañe con el agua que había llovido un día antes, el agua estaba un tanto turbia y seguía fría a pesar de que estuvo todo el día en el sol, la abuela preparó como pudo un poco de comida, sabía a nada, se le olvidó ponerle sal a la misma, no le dije nada para no menospreciar su esfuerzo, con mis manos rocíe un poco sobre mi plato, pero la comida que se cocina sin sal al echarle luego ya no sabe igual.  Sus pocos dientes parecen moverse por inercia y come a cuentagotas, la luz de la vela ilumina de forma intermitente la  habitación,  mientras las polillas que buscan la luz dibujan en el techo una danza interminable, solo el sonido del aire a través de la nariz de la abuela me indica que aún está despierta y que no se durmió masticando, como tantas veces lo ha hecho ya, el pasador de la puerta hace un intento de abrirse, del otro lado se oye el gemido de mi madre intentado abrir, corro hacía la puerta esperando encontrarla con bolsas del mercado y en su lugar veo entre sus brazos una frazada blanca de lana y dentro de ella un bebé, nunca comprendí el porque mi madre lo trajo a casa,  no se si eran celos, pero el bebé no me agradaba, siempre lo vi como alguien que me quitaría la poca comida que había en la casa, así que desde ese momento no me importó su fortuna...

 

El gato estaba sobre su pecho, tratando de ser mecido por el movimiento que hacía al respirar, emitió un maullido para despertar a la anciana de su letargo mortal se acercó a sus ojos y los vio totalmente abiertos, secos y paralizados por el tiempo, solamente una lágrima que se disipó en su mejilla fue su última señal de vida, el gato emitió un maullido, y de la boca de la anciana empezaba a emerger el olor particular de los muertos, su cuello arrugado daba un indicio de su edad y en el se notaba detalladamente la cicatriz que se hizo de niña por atravesar un alambrado, su ropa parecía un tanto más vieja que ella, el abrigo negro que llevaba a todas partes la convirtió en su mortaja para no perderla inclusive en su muerte, las manos pálidas, delgadas y frías estaban totalmente rígidas e inmóviles entrelazadas como la vida y la muerte, el gato emitió un maullido, bajó lentamente de la cama, volteó la mirada como despedida y salió dejando atrás a la muerte…

 

Mi madre murió un viernes por la tarde, fue tres días después de que llevé al pequeño a casa, estaba en el hospital cubriendo como podía mi turno porque el bebé no me dejó dormir en toda la noche, cuando el teléfono sonó y tras de el la voz de la vecina diciéndome fríamente –“Su madre ha muerto”- , no recuerdo como me sentí en ese momento, sabía que mi madre moriría en cualquier momento, aunque no me lo esperaba en este día, en un viernes, tomé mi bolso y salí corriendo hacía mi casa, al llegar encontré al pequeño hecho un mar de llanto y a Antonio hablándole a mi madre para que volviera a la vida….

 

Detrás de sus ojos el cielo parecía habitar, la gente siempre se maravillaba del color de los mismos,  pero parecían espantarse por todo el dolor acumulado desde su nacimiento, nunca se preguntó nada, solamente asimilaba para si su situación, asimiló el rechazo de su hermano que creía que le robaría su comida, fue tanto su rechazo que un día cualquiera, un día de tantos, volvió de la escuela, poco tiempo después de la muerte de su madre, y solamente encontró en la casa su cama, unos trastes oxidados por el uso y el tiempo, al viejo gato retozando sobre su cama y el viejo bastón donde su abuela recostaba el alma, el cual estaba bañado en telarañas; nunca supo cual fue su motivo para dejarlo solo, aunque siendo sincero consigo mismo nunca sintió su compañía, ni siquiera se preguntó porque su madre biológica lo botó entre la hierba en una noche de lluvia cuando tenía apenas tres días de nacido, y nunca le preguntó a Dios porque no oía bien del lado derecho, aunque tendría que habérselo preguntado a las gusanos que estaban haciendo un festín con su cuerpo antes que estuviera frio y sin vida. Se sentó con cierta pesadez sobre la derruida cama, el gato se frotó contra su cuerpo y él extendió su mano para contestar su saludo, pasaba su tacto por el pelaje del animal mientras  dirigía su mirada perdida hacia la puerta entreabierta,  permaneció así callado e impávido, acariciando al gato, esperando la noche…

 

Tengo hambre hoy no he comido nada, la saliva me sabe tan seca como la arena misma, siento que se desliza lentamente por mi interior, -¡ojalá se convirtiera en una roca y llenara con su espacio el hueco que ahora siento en mi estómago!-, sigo moviendo estos restos de basura, el olor es fétido y demasiado fuerte, es casi insoportable pero el hambre es todavía peor , dentro de una bolsa plástica de color verde encuentro un poco de arroz descomponiéndose en su esencia lo llevo con ansia a mi boca, el olor no importa, y el sabor es putrefacto, pero prefiero eso a sentir la arena que baja por mi boca; ha empezado a llover sin intención de escampar por largo rato, la gente corre para refugiarse  de la tormenta que se aproxima, mientras tanto el agua empieza a escurrirse por mi rostro, camino lentamente no porque quiera sino porque así es como puedo, ¡el agua huele a septiembre!,  a lo lejos se ve un puente en el cual puedo resguardar por esta noche el alma, nadie voltea su mirada a mi ser, -¿es mi miseria la que espanta sus miradas?-  o -¿la prisa que llevan les impide ver quien les pasa al lado?-; ¡el agua huele a septiembre!,  el cartón que arrastraba yace hecho pedazos en el camino atrás de mi, -¡hoy no tendré cama en la cual recostar los sueños!-, cada noche sueño lo mismo desde que me quedé solo, sueño que mi madre está a mi lado acariciando mi cabello diciéndome que todo estará bien y no muriendo bajo el auto de alguien que no respetó un alto, también sueño a mi hermano y su mirada áspera dirigiéndose hacía mí, nunca supe porque me miraba de esa manera. En el puente se empiezan a juntar socios de esta desgracia que nosotros llamamos vida, muchos vienen con una estopa bañada en tiner la cual los mantiene lejos de este lugar, para acompañarlos saco de este viejo y raido abrigo una botella con alcohol, de ese mismo que utilizaron algún día para curar las heridas que tenía en el rostro y que ahora son cicatrices, ahora sirve para sanarme el alma, todos temblamos de frio, todos somos desconocidos, todos no hemos comido, todos lloramos en silencio, y ¡el agua huele a septiembre!...

 

Todo parece nublado, la boca me sabe a sangre pero no el sabor habitual de la sangre, es un sabor mas agrio y crudo, sabe como a masticar un trozo de madera, siento frio, un frio muy profundo que golpea mis huesos, los siento casi como si estuvieran sin piel, la sangre emana de mi cabeza y corre hacía mis ojos, se funden sin intención con mis lágrimas; la gente se ve aturdida a mi alrededor y el cielo está despejado, en las nubes se dibujan un sinfín de figuras que me recuerdan cuando niña retozaba sobre la hierba -¡ese olor, el de la hierba, es el mejor del mundo!-. No tengo el zapato izquierdo, realmente no sé donde ha quedado, un señor con casco  toma mi cabeza y me habla pero sus palabras me saben a nada, cada segundo me parece una eternidad, la boca me sabe a sangre, me duele cada parte del cuerpo y el retumbar de mi corazón es tan  fuerte que parece que lo tengo insertado dentro de mi cabeza, no me deja pensar claramente, solo un pensamiento se escapa de tanto alboroto, ¡mis hijos!, tengo que levantarme para ir con ellos, me necesitan lo sé porque en este espacio de tiempo yo los necesito a ellos, intento levantarme pero mi cuerpo no responde es como si el dolor pesara tanto como un auto, las personas se detienen en su viaje y me miran, no los veo pero siento sus morbosas miradas atestiguando como me fundo con mi desgracia, nunca vi que me golpeó, ni porqué pasó, solamente se que bajo mi torso hay una llanta y la boca me sabe a sangre…

 

El aire sopla fríamente desde el norte, en el ambiente se respira la proximidad de las fiestas de diciembre, en las aceras amanecen temblando de frio ellos, los de siempre, los que cubren el alma con periódicos y abrazan estopas con tiner cual si fueran osos de peluche, todos amanecen en la misma miseria en la que se recostaron una noche anterior, solo él no se mueve, hoy hace treinta y cinco años que olvidó para sí todo lo que sabía del mundo y que al final no era mucho ya que su madre murió cuando el tenía siete años y su hermano lo abandonó tres días después dejándolo solamente con su derruida cama, unos trastes viejos, el viejo gato que acarició hasta que llegó la noche y el bastón viejo de la abuela. Nunca aprendió un oficio porque su timidez le impedía decir mas que lo humanamente necesario y su odio le impedía creer en las personas, vivió de la caridad como pudo hasta el día de hoy, nadie recuerda que alguna ocasión hubiese sonreído,  solamente derramó mas de alguna lágrima, varias cuando su madre sanaba sus heridas en el hospital la noche misma que volvió con un desgarrador llanto a la vida, y un día que regresó a su casa y encontró al viejo gato frio y sin vida, fue su único amigo y lo lloró como tal, a partir de ese día no volvió ahí. Todos se levantaron como pudieron pero él no, ya no lo haría nunca más, así acababa su triste vida, antes de morir solo deseaba aprender a silbar porque según el solo silba la gente que es feliz, pero no logró hacerlo, tenía muy rajados los labios para hacer tal hazaña, así que murió como la persona más triste de este mundo porque no aprendió a silbar; una cinta amarilla puesta alrededor de su lugar de muerte adornaba aquella imagen, las sirenas daban vueltas mientras sus luces se confundían con el reflejo del amanecer de aquel lunes, yacía tendido boca abajo con los ojos cerrados, el bastón de su abuela a un costado y el rostro desfigurado por la vida, en lo alto donde había muerto horas antes se leía un cartel que decía “Entre los días oxidados y las avenidas ruidosas la belleza siempre fue algo”, todos caminaban lentamente volteando de vez en cuando la mirada para no ver la muerte de frente y entre tantos alguno silbaba tímidamente.

lunes, 27 de septiembre de 2010 0 comentarios

Un sueño en Santiago

El vaso lucía un poco vacio, solo el resto de vodka y los restos del labial rosa impedían pensar que era inservible en la mesa coja de aquel oscuro bar, afuera llueve, la gente corre para cubrirse de la lluvia, los indigentes ruegan al cielo que el agua no moje sus sueños esa noche, y las aves cobijan  a sus crías como quien protege su corazón de una lanza;  las gotas de agua revotan en el vidrio, tintinean una melodía melancólica como el ambiente que crea su presencia en esta noche. La mira desde la esquina derecha, escondido entre una luz roja y dos cervezas, observa sus labios carnosos color piel moverse al momento de inhalar bocanadas de humo e ilusiones del delgado cigarro que detiene con su mano izquierda; su mirada es segura, directa, profunda, casi desafiante; es una pintura dibujada en blanco y negro; lleva un sombrero negro de lado, una lágrima negra roda por su mejilla izquierda, ahora su mirada es baja, triste y melancólica. Él fuma un poco para nublar sus pensamientos y ayudar un poco más al ambiente de aquel bar ubicado en alguna parte del mundo, en la barra una dama pintada de mala brinda al aire con un martini en la mano –“brindo por Enrique, aquel mozo alto y joven que me propuso matrimonio mientras retozábamos de placer en un hotel de la esquina libertad”-;  dijo mientras temblaban sus labios y sus palabras, -salud-, contestaron los mas distraídos y borrachos, pero nadie sabía que había sido de Enrique, del matrimonio o de la calle libertad.

El cantinero, con un ojo de vidrio y el otro lleno de odio, limpiaba los vasos con cierto aire de melancolía y desidia, miraba a la dama de mal maquillaje y pésimos brindis como pidiendo silencio, aunque la verdad no hacía mal a nadie, le daba por así decirlo la locura necesaria al sitio; el cantinero de escaso pelo y piel gastada silbaba tenuemente una canción de desamor, su  ojo de vidrio reflejaba todo lo que miraba y cuando dirige su “mirada” a la esquina derecha, la luz roja se refleja en el mismo, él se intimida por esa ausencia de mirada y por lo rojo del reflejo.

Se acerca a su mesa y pregunta su nombre, ella inhala de nuevo su cigarro, -Fernanda- contesta sin inmutarse en la más mínimo, afuera parece que la lluvia crece en intensidad,  -¿Esperas a alguien?- preguntó él con cierto miedo, -a cualquiera que quiera preguntarme de la vida- contestó ella sin  sacar su rostro de la sombra provocada por el ambiente, el sombrero y el humo del cigarro.

El encendió el enésimo cigarro de la noche, ella no levantaba la mirada, el cantinero seguía silbando, y la dama de los brindis malos y amores perdidos cayó rendida en la mesa de billar; -Nunca te había visto por acá, uno no olvida una figura tan misteriosa-, le dijo, mientras ella esbozaba una mueca pálida emulando una sonrisa, -lo sé, esta noche me tocaba pasar por acá, pero creo que no volveré o quien sabe vivo un viaje distinto al de todos y cada noche aparezco en un sitio distinto-, él no sabía que contestar, -¿dónde vivis?- preguntó él, -normalmente donde me imaginen o me sueñen-. Un trueno rompió el encantador silencio de la noche y el relámpago espantó por un segundo a las sombras que se refugiaron por miedo en los ojos de ella, el bar empieza a quedar vacio y él con cada frase de ella se va llenando de más preguntas, -¿puedo ver tu rostro?- dijo él, -¿podés?- contestó ella, con la mano izquierda sostuvo su cigarro y con la derecha quitó el sombrero de la cabeza de ella, en ese instante el cuarto pareció llenarse de humo y ella desapareció, solo quedaron en aquel bar un ojo de vidrio, un sombrero para usar de lado, un vaso pintado de rosa con vodka a medio terminar, la dama de los brindis malos y amores perdidos, y él lleno de preguntas, se intenta levantar, suena el despertador y todo se esfumó.

Hace a un lado su sueño, enciende el primer cigarro del día y piensa a quien vio en un sueño, piensa en ella, Fernanda; arriba en el tejado los gatos se aparean mientras dan vueltas en el mismo de dolor y placer, él mira su rostro y vé a un tipo un día más viejo que el que dejó ayer, se acerca a su ventana, en el borde hay un sombrero para usar de medio lado y un vaso pintado de rosa con vodka a medio terminar, sonríe puede que no solo haya sido un sueño.

En Santiago llueve, ella desde su ventana ve a la gente correr para protegerse de la lluvia, esa mañana no lleva nada encima solo su desnudez, sonríe mientras observa en su mesa un ojo de vidrio que refleja lo rojo, un cigarro delgado y cuatro cervezas vacías que le dicen que él al fin la soñó.

 

 

 

 
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